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Reeper es un proyecto liderado por el músico argentino Elías Andrada, quien se encuentra afincado en Cataluña, España, desde hace década y media. Encargándose no sólo de la guitarra y de la composición sino también de una variedad de instrumentos en estudio, Reeper es la culminación de varios años tocando en distintas bandas, y cuatro años después de su formación podemos escuchar el primer LP de este proyecto, titulado Get Your Ecstasy.

En una época en la que la escena pesada parece haberse dividido entre tantas etiquetas cada vez más complejas y restrictivas, es refrescante que de vez en cuando podamos hablar de un trabajo que entrega un par de canciones en terrenos reconocibles. Lo hecho en Get Your Ecstasy se puede definir, primero y principal, como hard rock. Tendrá algunas pinceladas de heavy metal en varios momentos, como en las pesadísimas "Don't Look Away" y "No Mercy in Me", pero durante la mayor parte de estos 32 minutos Reeper se apoya en los riffs rockeros simples pero efectivos en su pesadez y groove, con las aguardentosas voces de Dagarod García (cantante también de Güru) acompañándolos.

Canciones como "Saturday Night" y "Shelter In The Night" son de las que mejor muestran esa idea central detrás de Reeper, la primera sonando como un single perdido de los ochentas y la segunda esa impronta más cercana al hard rock de la década del 2000. Pero esto no significa que Reeper se centre en una única manera de hacer las canciones, porque hay bastante variedad en tan corto tiempo: "Final Destination" tiene unos teclados al principio que parecen sacados directos de algún éxito de Deep Purple combinados con sutiles ritmos programados cercanos a la electrónica, y este último elemento reaparece en "No Mercy In Me" en un breve breakdown electrónico. E incluso el mismo inicio "Egypt" tiene uno de los momentos más llamativos de Get Your Ecstasy, con un riff de regusto oriental que recuerda al "Jerusalén" de Rata Blanca, a falta de una comparación mejor.




Pero sin importar de qué época del rock pesado estemos hablando, las baladas no se negocían, y es así que el álbum cierra con "I Lost My Time", una sentida composición con piano, teclados y guitarras acústicas que habría sido un éxito total si lo editaba Poison o Dokken década y media atrás. Y en esto hay que hacer mención especial a músico David Palau, quien además de grabar el bajo y los sintetizadores se encargó de la producción, dando un sonido limpio pero pesado.

Ciertamente Get Your Ecstasy puede no llegar a ser del agrado de todos: los tradicionalistas pueden llegar a creer que los toques electrónicos son demasiado, y los que busquen cosas nuevas pueden llegar a sentir que los elementos más contemporáneos no se llevan lo suficientemente lejos. Pero mientras uno no piense en extremos y tenga la mente abierta, podrá disfrutar de este álbum sin el más mínimo problema, siendo que las composiciones son fuertes y todos los elementos suenan perfectamente en su lugar, y que encima se puede conseguir de manera gratuita y legal a través de la página de la banda.



Lista de canciones:

1. "Asylum" [Instrumenta] (05:17)
2. "In Search of Sanity" (07:19)
3. "Shellshock" (06:46)
4. "Lightning War" (06:56)
5. "Let There Be Rock" [cover de AC/DC] (04:04)
6. "Blood upon the Ice" (08:21)
7. "Welcome to Dying" (12:36)
8. "Power Play" (06:25)
9. "Confused" [cover de Angel Witch] (01:59)

Con la entrada de Sy Keeler para encargarse de las voces y un estilo más definido y desarrollado, parecía que Onslaught tenían todo arreglado. Pero las cosas no serían tan fáciles para el quinteto británico, y los tres años que pasaron entre su primer y segundo álbum tendrían un par de baches en el camino.

Durante ese tiempo, se dio la salida del bajista Paul "Mo" Mahoney y del guitarrista rítmico Jase Stallard (quienes comenzaran su estadía en la banda como cantante y bajista, respectivamente), quienes fueron reemplazados por James Hinder y Rob Trotman. 

En 1988 Onslaught entró al estudio a grabar su tercer álbum, al que terminarían titulando In Search Of Sanity. Pero cuando enviaron las grabaciones del álbum, la gente de London Records decidió que el material no era lo suficientemente viable comercialmente y mandó a que se remezclaran las canciones y, en un acto que en estos días causaría protestas en redes sociales, que se reemplazaran las voces de Sy Keeler por las de Steve Grimmett, cantante de Grim Reaper, quien era un cantante más melódico que Keeler.



En In Search of Sanity bien podríamos estar hablando de una banda completamente diferente comparada con álbumes anteriores, y no es sólo porque Onslaught cambiaron gran parte de su formación, sino también porque es claro que Nige Rockett y compañía tomaron nota de los cambios de estilo que se estaban viviendo dentro del thrash: con el éxito de Metallica, el thrash se estaba volviendo más melódico y más sofisticado, y eso es algo que la banda decidió intentar en este nuevo álbum.

Creo que no hay que ser un experto para, al momento de ponerse a escuchar In Search of Sanity, llegar a la conclusión de que Onslaught estaban escuchando mucho Metallica en esta etapa de su carrera. Mientras su primer LP sonaba a Venom y el segundo sonaba a Slayer, esta tercera entrega basa gran parte de su sonido en lo hecho por el cuarteto californiano. ¿Díganme si los coros de "die die die" en "Lightning War" no les recuerdan a los de "Creeping Death"? ¿Y el tono de guitarra? ¿Y la balada de 12 minutos "Welcome to Dying"? Ya el haber abandonado la temática satánica hubiera sido señal suficiente del querer llegar a un público más masivo, pero si nos metemos en la música ahí las cosas se hacen todavía más obvias.

El cambio fue bastante chocante para muchos fans de la banda, ¿pero cómo se sostiene In Search of Sanity más de tres décadas después? Sorpresivamente bien, siendo sincero: la influencia es extremadamente obvia en casi todos los aspectos de las canciones, pero estas siguen siendo muy buenas. La melodía, los estribillos épicos, ese sonido claro pero tan distintivo de guitarra, todo está en su lugar y muy bien hecho, como siempre había logrado Onslaught con los cambios de estilo a lo largo de su carrera. "In Search of Sanity", la canción título, es un gran inicio para el álbum, marcando el nuevo rumbo del grupo y confirmando que Grimmett, incluso en su condición de haber sido metido con calzador en el disco, es un excelente cantante y una gran elección para acompañar las canciones. ¿Y qué decir de "Blood Upon The Ice" o  "Powerplay"? No sólo no sonarían fuera de lugar en Ride The Lightning, sino que además encajarían con la calidad del resto de las canciones.



Claro que hay que decir que In Search of Sanity no es perfecto, y tiene más de un par de elementos que terminan por tirar abajo la calidad general. La primera es la intro "Asylum", un rejunte de sonidos que se extiende por cinco minutos sin ninguna razón, y que me recuerda lo mal que se suelen caer las intros demasiado largas (te estoy mirando, "Satellite 15" de Iron Maiden). 

Pésimo arranque, y que también marca un elemento en el que la banda se excedió demasiado en este disco: la longitud. La versión en CD, que ya para esta época era la principal, dura casi una hora, y varias de las canciones se sienten un tanto demasiado largas, algo que también se puede atribuir a la influencia de 'Tallica. ¿Era necesario que "Welcome To Dying" fuera casi 20% del álbum? No lo creo. Y a eso hay que sumarle los covers incluidos: In Search of Sanity incluye dos covers, "Let There Be Rock" de AC/DC y "Confused" de Angel Witch, y ninguna de ellas pega con el resto de las canciones. No digo que sean malas versiones, siendo bastante respetuosas, pero el álbum se hubiera beneficiado sin ellas, siendo que encima se habían publicado en EPs anteriores.

In Search of Sanity fue el intento de Onslaught de llegar a un público mayor, y lograron alcanzar el puesto 43 de los charts de ventas. Pero parece que las cosas no estaban resultando: el cambio de estilo había alejado a muchos fans, las ventas no eran suficientes y Steve Grimmett no lograba encajar con el resto de la banda, y luego de la corta estadía del cantante Tony O'Hora el grupo se terminaría separando en 1991, desapareciendo por casi 15 años.

Aunque In Search of Sanity poco tenga que ver con el sonido con el que Onslaught se había dado a conocer, es, de cualquier manera, un disco disfrutable (casi) de principio a fin, siendo un documento de una época y un sonido muy particular. Si seguís renegando porque Metallica se cortaron el pelo y se ablandaron, darle una escuchada a este álbum bien puede saciar tu hambre por más material de esta época.




Luego de que su debut Power From Hell marcara la pauta para el thrash metal europeo más extremo que se vería durante los ochentas, mucho cambió en el seno de los ingleses Onslaught: el cantante Paul Mahoney dejó su puesto detrás del micrófono para ocuparse del bajo, mientras que el bajista Jase Stallard pasó a ser el segundo guitarrista. Para encargarse de las voces llegó Simon "Sy" Keeler, quien entró luego de una cortísima audición. Con este enorme recambio interno (uno que lograron sin tener que echar a ningún miembro, toda una rareza), Onslaught se dispusieron a grabar su segundo álbum, titulado The Force y editado en 1986 a través de Under One Flag Records

Y apenas arranca la inicial "Let There Be Death", ya podemos oír que nada de esto fue hecho a la ligera: la adición de una guitarra hace que el ahora quinteto suene más grande, más poderoso, y Sy Keeler es claramente un cantante con mayor rango, capaz de alcanzar notas que hubieran sido impensadas en el pasado punk del grupo de Bristol.



Y esto también se traslada a las canciones: mientras que en el debut Power From Hell las canciones se mantenían en el rango de los tres a cuatro minutos, con algunas excepciones aquí y allá, pero en The Force los tracks son casi el doble de largos en promedio, con los 4:40 de "Thrash 'til The Death" como la canción más corta. No sólo eso, sino que ahora son más complejas y trabajadas, y desde el costado técnico el sonido bien podría ser de un disco de Steely Dan comparado con la producción sucia y villera del álbum debut, aunque no por eso deja por completo de lado la suciedad.

Incluso con todo esto, Onslaught no pierden ni un gramo de pesadez en este segundo álbum: como un Show No Mercy mejor grabado (y con un Sy Keeler que en más de una ocasión suena muy parecido a Tom Araya), los riffs ganan melodía y las canciones se desenvuelven en toda la gloria satánica de cine clase B de las letras. Canciones como la antes mencionada "Let There Be Death", "Contract In Blood" y "Demoniac" marcan un álbum que no decae ni un segundo, marcando uno de los trabajos más destacados del under thrashero europeo de la época.

Aunque algunos prefieran su debut, personalmente creo que es en The Force donde Onslaught terminaron de dar forma a su propuesta de thrash extremo. Por lejos, uno de los discos más destacados de metal under de los ochentas.






Es ya historia conocida que la Nueva Ola del Heavy Metal Británico le dio nueva vida al género a fines de los setentas, en muchos casos patentando el sonido en el que se suele pensar al momento de hablar sobre música pesada y sentando las bases para el desarrollo de casi todas las ramas del estilo por las próximas cuatro décadas. Y también es sabida, aunque injustamente menos hablada, la influencia que el punk rock tuvo en el desarrollo de este nuevo sonido: no sólo el comienzo de este Nueva Ola coincidió con la explosión de popularidad del punk a mediados de los setentas, sino que tanto precursores como Motörhead como grupos icónicos de la movida como Tank y Venom acusaron una obvia influencia del género de las crestas y los alfileres de gancho. Pero hay un fenómeno menos hablado y es el del heavy metal devolviendo los favores e influenciando el sonido del punk en los próximos años: siendo que hablemos sobre la movida del UK82, el hardcore punk (sobre todo en el hardcore neoyorquino), el grindcore y demás, el punk siguió el mismo proceso de evolución y extremismo que tendría el heavy metal durante los ochentas. Y a eso se le pueden sumar bandas como English Dogs, Discharge, Dirty Rotten Imbeciles, Plasmatics, Amebix y los pioneros del sonido "Oi!" Cockney Rejects, todas estas siendo bandas que comenzaron con un sonido netamente punk pero que terminarían desarrollando un sonido metalero durante los ochentas, con resultados ciertamente dispares. E incluso músicos como Ross The Boss (Manowar) y casi todos los miembros originales de Mercyful Fate comenzaron en la escena punk.

Toda esta introducción viene por el lado de que nuestro disco del día de hoy es, justamente, otro ejemplo de esta línea difusa entre el punk y el heavy metal en los ochentas: los ingleses Onslaught se formaron en 1982 en la ciudad sureña de Bristol (la misma ciudad de Amebix, otros punks metaleros) y comenzaron como un grupo netamente punk, con una variedad de demos que los mostraban cercanos a la velocidad y suciedad de Discharge. Pero no pasó mucho tiempo hasta que comenzaran a tomar gran inspiración de parte del metal extremo que se venía desarrollando por esa época.




Esta evolución culminó con Power From Hell, editado en 1985 a través del sello punk Children of the Revolution. 1985 fue un muy buen año para el thrash europeo, con bandas como Sodom, Kreator, Celtic Frost y Destruction editando sus primeros lanzamientos, y es ahí donde entra Onslaught: apenas comienzan los riffs de "Onslaught (Power From Hell)", Onslaught se meten de lleno en el thrash más sucio y con la dosis justa de sonido lo-fi como para sonar como salidos de algún portal al infierno sin que comprometa la experiencia al escucharlo. Una batería que retumba, unos riffs cavernosos y la voz rasgada de Paul "Mo" Mahoney, quien en su único álbum como cantante le da ese toque punk perfecto a las canciones.

"Lord of Evil", de poco más de siete minutos y cantada por el guitarrista Nige Rockett, es uno de los grandes momentos de la placa, mostrando a un grupo que no quería quedarse en las tres notas simples y le daba un toque casi épico a sus himnos satánicos. Por otro lado "Angels of Death" y "Steel Meets Steel" los muestra apretando el acelerador hasta el fondo y dando motivos para revolear la cabeza y destruirse en el mosh. Hasta se dan un el gusto de meter no uno, sino dos instrumentales: la dupla "Skullcrusher I" y "Skullcrusher II" no son nada cercano a Dream Theater en cuanto a su acercamiento a un instrumental, pero esos riff machacados suenan espectaculares siempre.




Varias reseñas mencionan cierta influencia de Venom en el disco, y si uno se centra en los riffs motorheadescos y las letras satánicas la conexión es obvia. Sin embargo, Venom nunca lograron sonar tan pesados como en este disco, sin faltarles el respeto: el hecho de sonar profesionalmente lo-fi en vez de sonar directamente como un demo ayuda mucho. Power From Hell es todo un testamento de una época de transición dentro del heavy metal, pasando de la Nueva Ola al desarrollo de los nuevos sonidos extremos tanto en Europa como en Norteamérica. Aunque pueda llegar a ponerse repetitivo por momentos, tanto las canciones como la estética son extremadamente atractivas, sobre todo para quien busque los sonidos del under más under del metal europeo. De aquí en más, la banda redoblaría con este sonido y, al mismo tiempo, pasaría por una gran cantidad de cambios internos hasta el día de hoy.


Ordinary Man, ya decimosegundo álbum en la carrera de Ozzy Osbourne, llega a nuestras manos luego de una década que vio al Príncipe de las Tinieblas pasando por mil emociones encontradas. Pasaron casi diez años desde Scream, el último álbum solista del cantante, pero no se crean que ese tiempo lo pasó en silencio: con 13 y la gira que le siguió, Ozzy, Iommi y Butler le dieron punto final a la carrera de Black Sabbath, que tuvo un sabor agridulce por la ausencia del baterista Bill Ward al no poder llegar a un acuerdo económico. Y el 2019 arrancó con el cantante sufriendo una caída en su casa que le sacó de lugar unos implantes que tenía por otro accidente de 15 años antes, provocando que cancelara todas sus presentaciones en vivo por el resto del año, pero también tuvo a "Take What You Want", su sorpresiva colaboración con el rapero Post Malone que lo vio volviendo a los charts de las radios por primera vez en tres décadas, marcando un récord.

Con esto en mente y más allá de la opinión que uno pueda llegar a tener acerca del material que viene sacando, el hecho de que estemos hablando de Ozzy Osbourne sacando material nuevo en 2020 es una muestra de la capacidad del ser humano para sobreponerse a las circunstancias... y a la habilidad del circulo cercano al cantante para llevarlo adelante, claro está. E incluso si hablamos de las controversias del cantante a lo largo de su carrera (y no me refiero a nada relacionado con murciélagos ni nada por el estilo, sino a la manera en la que los Osbourne han tratado a los músicos relacionados con el cantante), hablamos de un legado que es de respetar.

El hecho de mencionar sus problemas de salud viene a cuento porque la mortalidad es un tema que recorre casi todo Ordinary Man: casi todas las canciones tratan acerca de la muerte, el paso del tiempo y los recuerdos. Claramente Ozzy tuvo mucho tiempo y razones para pensar acerca de esos temas en los últimos meses, habiendo confesado que se sentía morir cuando sufrió la caída en su casa. Esta constante hace que a veces sea difícil escuchar el disco todo seguido, sobre todo si a uno le importa Ozzy como persona, algo que recuerda a los últimos discos de Johnny Cash salidos poco antes de su muerte. No interpreten como que creo que Ozzy vaya a morir el día de mañana, pero claramente el cantante tuvo el tema presente, y se nota.




"Straight To Hell" da inicio al álbum con unos coros angelicales, que dan paso un riff bien pesado y un Ozzy que gritando un "Alright now!" que es una obvia referencia a "Sweet Leaf" de Black Sabbath. Este es un track que da un comienzo más que decente al álbum: los riffs suenan clásicos sin sonar como refritos, y aunque Ozzy demuestra cada año de vida en su voz (incluso con la magia de estudio que debe haber alrededor de ella) y encima esta suena excesivamente alta en la mezcla, sigue sonando como Ozzy, además de que los teclados (a cargo del músico pop Charlie Puth, un nombre llamativo en los créditos) dan buen apoyo. Claro que todo esto será mientras uno no le ponga mucha atención a las letras: es difícil hacer que una línea como "haré que grites / haré que defeques" suene bien en cualquier contexto donde se entienda (y más todavía cuando es una de las primeras), y Ozzy tendrá el estatus de un dios pero sus poderes humanos siguen siendo limitados, además de que al solo de guitarra, a cargo de Slash, le falta trabajo siendo que suena como un rejunte de notas aleatorias pasadas a través de un wah-wah.

"All My Life" es una suerte de balada pesada, donde Ozzy refleja sobre los momentos y errores más oscuros de su vida. Este tono reflexivo, donde el cantante inglés demuestra su experiencia de vida, va a ser algo casi constante, algo obvio siendo que Ozzy seguramente tuvo mucho tiempo para pensar acerca del tiempo que le queda durante este último año. Un arranque con guitarras acústicas y un medio tiempo pesado crean una canción decente, aunque genérica, para agregar al catálogo del vocalista, aunque no destaque en ningún aspecto.

"Goodbye" es otra canción pesada que retoma el concepto infernal de la primera canción, pero mientras "Straight To Hell" lo hace de la típica manera jocosa y "ac/dcera", esta tercera canción lo hace desde una visión e imágenes mucho más oscuras, donde el optimismo de una frase como "Todos mis amigos me están esperando" se ve contrastada con la siguiente "Puedo escucharlos suplicando ayuda". Esto se ve complementado con los riffs más pesados hasta el momento, con mucho power chord machacado y con un sonido relativamente moderno, casi con un estilo "stoner". Esta es la canción más larga del álbum, pero es fácil ver que esto tiene un sentido de desarrollo, dando lugar a uno de los mejores momentos del álbum.



Una balada de piano orquestada como es "Ordinary Man" no debería sorprender a nadie que sepa del fanatismo de Ozzy por los Beatles y por John Lennon en particular. Con la participación de Slash de vuelta en la guitarra y con Elton John aportando piano y voces, esta es por lejos la mejor balada del álbum. Incluso con la edición que se puede sentir en las voces tanto de Ozzy como de Elton, se apoyan en una letra sentida, donde Ozzy nuevamente reflexiona sobre el pasado y su llegada a la fama, y sus miedos acerca de que esta sea pasajera y sea olvidado inmediatamente después. Y ya que estamos, la referencia a "You Can't Kill Rock N Roll" suena mucho mejor que la referencia en la primera canción, más que nada porque no se siente tan forzada.

"Under The Graveyard" es una canción de estructura clásica para Ozzy: más guitarras acústicas, una batería que retumba y un Ozzy que reflexiona acerca de su propia mortalidad, algo que pega más si uno considera que lo más seguro es que este sea su último álbum y que su lucha contra el Parkinson lo deje no imposibilitado para cantar. Mucho se ha hablado acerca de esta canción, siendo que fue el primer adelanto del álbum, pero para hacerla corta me parece una canción decente en el contexto del álbum, aunque esté de muy lejos de ser de las mejores canciones pesadas del Madman.

"Eat Me" arranca la segunda mitad del álbum cortando un poco con la onda miserable de las letras, aunque no necesariamente con la temática mórbida, siendo que debe ser la descripción más jocosa del canibalismo desde "Mein Teil" de Rammstein, aunque en este caso es el narrador el que es comido. Nada súper especial acerca de esta canción, hasta diría que es de las peores del álbum, pero tiene cierto tono "kitsch" que a alguien le sacará una sonrisa: esto no es Cannibal Corpse ni nada por el estilo, y una letra como "estoy en el menú / no te voy a dar indigestión / incluso vengo con postre" demuestran que Ozzy no se estaba tomando súper en serio el concepto, ni tampoco debería.

"Today Is The End", ya desde el título, es una vuelta a los escenarios más oscuros de canciones anteriores. Las descripciones de terror se ven mezcladas con un medio tiempo lento, de lo más doom del disco por momentos, y el hecho de que el sentido apocalíptico de la canción sea más general que personal bien puede considerarse algo de aire fresco luego de semejante seguidilla de lamentos en las canciones anteriores. De lo mejor del álbum.




"Scary Little Green Men" sigue con el tono menos serio de esta segunda mitad, siendo una canción no sólo acerca de la posibilidad de la existencia de los aliens, sino de que estos estén viviendo entre los seres humanos. Otra canción clásica para Ozzy, con un estribillo explosivo y samples ridículos de películas de ciencia ficción de los cincuentas. Por lejos la mejor canción "en broma" del álbum, mucho mejor que "Eat Me" en que las letras logran el mismo efecto sin que necesariamente den vergüenza ajena. Si uno puede soportar una canción de Rob Zombie, entonces puede soportar esto.

"Holy For Tonight" es el último golpe de miseria del álbum, y a esta altura ya debería cansar otra canción donde Ozzy piensa en su muerte (obviamente el Madman puede hablar de lo que quiera, pero hablo desde la visión de un oyente), pero al igual que en "Today Is The End" el escenario funciona al cambiar un tanto el contexto, siendo que varias referencias indican que el narrador es un condenado a muerte. De las baladas del álbum, esta es la mejor junto a "Ordinary Man", teniendo unos coros, un piano y solo que me hace pensar que no sonaría fuera de lugar en un álbum de Queen.

"It's A Raid" es la canción más rápida y pesada del álbum, una colaboración junto a Post Malone claramente hecha para las presentaciones en vivo que líricamente parece la canción  más confusa del álbum (uno pensaría que no sería tan complicado con un concepto tan simple), pero que termina siendo de los mejores momentos por el simple hecho de tener la velocidad que le falta al resto. Es una canción "divertida", que no se toma nada en serio, y Ozzy lo sabe.

El álbum podría haber cerrado ahí, con la devolución de favores a Post Malone, pero Ordinary Man decide cerrar con "Take What You Want", la canción del rapero en la que Ozzy participó cantando en el estribillo y que también incluye a Travis Scott (a no confundirse con Scott Travis de Judas Priest, claro está). Es una canción más que decente, pero con la poca presencia de Ozzy y la base de trap rap hablamos de una canción que suena completamente fuera de lugar con el resto del álbum, metida con calzador al final del disco.

Siendo que ya recorrimos todas las canciones del álbum, vamos a hablar acerca de algunos aspectos más técnicos, comenzando con la producción. Siendo que Ozzy es un artista completamente mainstream, el hecho de tener un sonido muy "moderno" no debería sonarle extraño a nadie ni es necesariamente criticable sólo por ser lo que es, pero lo que si es criticable es que haya cero dinámica o espacio en cómo está mezclado todo: si uno toma el disco y lo ve en un programa de edición de audio, verá que las ondas apenas tienen variaciones, como si fuera un bloque de audio de 49 minutos. Este "brickwalling" afecta a todo el disco, y sin sonar tan mal como Death Magnetic de Metallica sigue siendo una pena que el productor Andrew Watt, quien trabaja más que nada con Post Malone y cuya experiencia produciendo rock se limita al último álbum de Blink 182, no haya podido pulir mejor el sonido de Ordinary Man.

Y ya que hablamos de Andrew Watt, quisiera señalar que no sólo se encargó de producir el álbum, sino que se encargó de la guitarra a lo largo de todo el álbum y también tiene créditos de composición. Obviamente no es un mal guitarrista (uno no forma parte de un supergrupo junto a nada menos que Glenn Hughes y Jason Bonham si no tiene lo que se necesita con las seis cuerdas) pero a lo largo del álbum es imposible no pensar en cuánto mejoraría el álbum si tuviera a alguien con más personalidad encargado de los riffs: tendrán sus detractores, pero Zakk Wylde o Gus G. bien podrían haber ocupado mucho mejor semejante puesto, porque después de escuchar el álbum cerca de diez veces es complicado recordar algún riff en especial. Lo mismo se podría decir de Chad Smith y Duff McKagan, que cumplen perfectamente con sus roles y tienen sus respectivos curriculums impresionantes, pero no se destacan. Si simplemente hubieran usado a la banda en vivo de Ozzy, que le viene haciendo el aguante desde hace años (y que, con excepción de Zakk Wylde, estuvieron presentes en su último álbum), las cosas habrían sido mucho mejores. Seguramente esto haya sido una idea de Sharon Osbourne, considerando el trato que tuvo con músicos de la banda anteriormente.

Sin ser un mal álbum, Ordinary Man se siente como un punto final no del todo digno para la carrera de una de las figuras más influyentes de la historia del heavy metal. Con varios elementos que no terminan de encajar como deberían y una presentación que deja que desear, no levanta mucho con respecto a los últimos discos del Madman. Sin embargo, algunas de las canciones, sin llegar a alcanzar a los clásicos grabados en placas anteriores, demuestran algo de esa chispa que Ozzy supo tener en su momento.



Para llegar a ser uno de los más grandes, uno tiene que dar el primer paso en algún lado. Y en el caso de Savage Messiah, que al día de hoy son una de las bandas más importantes del thrash metal británico actual, ese primer paso se dio con la salida de su demo debut Spitting Venom. Obviamente también podríamos decir que el primer paso se dio con Headless Cross, la banda liderada por el cantante y guitarrista Dave Silver que precedió a Savage Messiah y donde aparecieron un par de canciones que luego serían grabadas por el Mesías Salvaje, pero para no extendernos demasiado vamos a centrarnos en Spitting Venom, editado de manera independiente en 2007.

Este primer trabajo, clasificado tanto como un EP como un demo en ciertas bases de datos, es una selección de canciones bastante interesante, siendo que sirve tanto como ejemplo del sonido del thrash de la época como del sonido que Savage Messiah desarrollaría a futuro. Por un lado, el sonido del retro thrash tan de moda por esa época es extremadamente evidente a lo largo de los 32 minutos del disco (hasta podría decirse que es todo un viaje en el tiempo, no tanto a los ochentas sino al mundo de mediados y finales de la década del 2000, cuando este movimiento estaba con toda la energía): mucho riff machacado, una batería apta para marcar instancias de mosh en recitales chicos o medianos, doble bombo y letras sobre muerte, guerra y todo lo que haya en el medio.



Por otro lado, es fácil ver varios elementos que separan a Savage Messiah del resto de las bandas del retro thrash: lejos de querer emular a Exodus, Overkill o el resto de los grupos de thrash más callejeros, Savage Messiah basa más su propuesta en Megadeth y Testament. De ahí que canciones como "Spitting Venom", "In For The Kill" o "Frontline" se permitan tener momentos de melodías muy marcadas, y que haya algún que otro momento de guitarras acústicas. Pero como dice el título, la mayor parte del álbum se dedica a escupir veneno, y los riffs están a la altura de las circunstancias, logrando al mismo tiempo rendir tributo a las raíces del género y alejarse de las estructuras más básicas y cuadradas en las que solían caer la mayoría de los grupos de retro thrash de la época.

Al pasar apenas la media hora, Spitting Venom se da el lujo de enforcarse casi constantemente en la violencia y el "tupá-tupá" de la batería sin terminar sonando necesariamente repetitivo o cansador. Es la muestra perfecta de un compositor hambriento por más, y sentó las bases del sonido más melódico que Savage Messiah terminaría desarrollando de los álbumes siguientes.




Formados bajo el nombre de Kaos en 2008, Morferus (el nombre que adoptaron en 2009) es una de las bandas más destacadas de los últimos años del death metal argentino, habiendo editado su álbum debut conceptual Argentina Psicópata en 2019, que recibió grandes reseñas (una de las cuales pueden leer acá) y trajo una influencia local importante en sus tópicos líricos.

Con esto en mente, no está mal revisitar Muerte Salvaje, el EP que la banda editó en 2017. Aunque fue sólo dos años antes de su LP debut, con los cambios de formación de por medio es interesante escuchar este material donde Morferus termina de darle forma a su sonido. 




Con un nombre que hace referencia a los orígenes del nombre del grupo (mezclando las palabras en latín "mortem" y "ferus", que juntas significan "muerte salvaje"), este EP de cuatro canciones muestra al grupo con una propuesta directa de puro death metal, con todos los elementos típicos del género, con mucho riff podrido, un bombo que repiquetea todo el tiempo y unas voces que escupen muerte por todos lados. Obviamente esta es la definición perfecta de manual del death metal, y ciertamente Morferus no se alejan ni un milímetro de ello. Pero, ¿por qué deberían? Todo fan de la música extrema verá el nombre de la banda y la tapa del disco y sabrá perfectamente lo que puede esperarse a lo largo de los casi 12 minutos del álbum, y Morferus entregan no sólo eso, sino un producto que también cumple en calidad, tanto desde una composición tradicional pero con buen gusto por los riffs y una producción acorde al estilo, clara pero sin exagerar (aunque sin ser tan buena como la de su LP debut, por obvias razones de experiencia y presupuesto).

Incluso hablando de un trabajo tan corto, en mi opinión la canción que se destaca es "Patrones del Hambre", con esa introducción intrincada que sirve como preludio perfecto para la carnicería que se desata apenas arrancan los versos.

Aunque no hay mucho acá que vaya a atraer a quien no sea ya fan del metal extremo y por momentos puede volverse monótono (aunque la corta duración ayuda a mitigar esa contra), Muerte Salvaje fue una muy buena carta de presentación para la banda, que poco después terminaría dando uno de los mejores álbumes extremos argentinos del 2019.

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